jueves, 28 de junio de 2012


Subterránea









“Viajar en el métro es como estar metido en un reloj.
Las estaciones son los minutos,
 comprendes, es ese tiempo de ustedes, de ahora;
 pero yo sé que hay otro”.

(Julio Cortázar, El perseguidor)




1.


 ¿Importa cuántas veces te tomaste el subte? ¿Cuántas veces hiciste el
mismo recorrido entre una estación y otra, le importa a alguien?
Importa.  Lejos del reclamo por el estado, por la frecuencia de los
trenes o por el precio del boleto; lo que estás a punto de presenciar
es un viaje en el tiempo y bajo tierra; y bajar, como siempre, resulta
encantador. La idea de dejar arriba el caos del tránsito, el ruido,
las luces y los peatones apurados para internarse en los laberintos
subterráneos es realmente tentadora. Si bien se trata de un medio de
transporte cosmopolita, elegido por muchas personas que tienen que
atravesar a diario el centro porteño, es además un lugar donde el
tiempo puede derretirse como La persistencia de la memoria de Salvador
Dalí. Las tres primeras líneas de subte fueron de la compañía Anglo
Argentina y según la ordenanza firmada por el municipio correrían
entre Plaza de Mayo y Caballito; Retiro y Plaza Constitución y Plaza
de Mayo y Plaza Italia.


Un eje de puntos para unir la ciudad por agujeros donde hombres y
mujeres sin distinción alguna, son devorados por las bocas de las
distintas estaciones. Son once menos cuarto de la mañana en la
Estación Alem de la línea B del subte porteño; en esa estación en 1927
mientras excabavan encontraron restos de un mamut de la era
cuaternaria. Ahora, varios años después, la jungla es de cemento y los
especímenes son otros; ¿Pero qué ocurrirá dentro algunos milenios?
¿Serán nuestros restos exhibidos en algún museo en la sección de
culturas primitivas? ¿Se horrorizarán de nuestras prácticas bárbaras
las civilizaciones futuras? Imposible saberlo, tampoco es la idea
hacer futurología en estas páginas


Los coches que transportan a los pasajeros tampoco son los mismos,
Primero ingleses, luego nacionales y finalmente japoneses, los coches
que transportan a los pasajeros tampoco son los mismos pero la huella
cuaternaria persiste, de todas las marcas que hay en el vagón,
escritas en un castellano perfecto, atrás de un bolso de una pasajera
lo encuentro, el botón que debe oprimirse en caso de emergencia
levantando previamente un plástico que lo recubre está escrito en
japonés. Algunas huellas son imborrables.


Son casi las once. Una voz de lata de-lata por los altoparlantes que
en la próxima estación se combina con las letras C y D. Dice eso pero
podría anunciar cualquier otra cosa con ese mismo tono neutral, como
que pasar de la C - inaugurada en 1934 - a la D - habilitada
totalmente en 1992 - pasaron  58 años. La voz en el mismo tono podría
pedirle a la pasajera del segundo vagón que escribe frenéticamente en
su libreta que deje de hacerlo, que está alterando la lógica de este
subte en la mañana de un martes cualquiera. Por una decisión más
cromática que utilitaria combino con la línea D, la verde, tanto rojo
me estaba molestando.


"¿Si se vende? Se vende mejor que en los trenes, la venta hoy sale más
o menos, hay días que sale y días que no”, Luis vende en el subte con
su mamá y  sus tres hermanos, vienen de la 31 repartiéndose la caja de
pañuelos descartables que después saldrán a vender por los vagones. Se
desplaza con una destreza admirable entre la gente y acepta las
negativas de los pasajeros sin chistar. "Antes cuando era pibe
parábamos en Retiro, pero no nos alcanzaba para nada", no tiene edad o
no importa, igual nadie parece verlo. Luisito, habitante de los
vagones, recorre el subterráneo, no baja en casi en ninguna estación,
solo se transporta.


Me tomo el próximo tren que aparece y con un salto termino adentro del
último vagón, antes de que las puertas metálicas terminen por cerrarse
del todo. Una pareja discute, empiezan a decirse cosas, elevan el tono
de voz al punto del grito, un hombre se pone de pie para intervenir y
justo ahí una risa cómplice entre ambos devela el misterio: El teatro
se apodera del vagón.  “Empezamos hace un tiempo ya con Jere a laburar
acá abajo,  somos compañeros de teatro, pero nos conocemos hace banda”
señala Gise que pasa la gorra y junto con Jere conforman el grupo
Actores en el subte - se los puede cruzar de 9 a 18 en las líneas B y
D- . “En el subte hay mucha gente haciendo nada, simplemente viajando,
sorprendemos en un lugar que es siempre igual y la gente siempre nos
tira buena onda, se engancha y participan mucho de los sketchs en
general” dice Jere.


Sigo el recorrido, tengo el privilegio de no ir a ninguna parte, de
ser un completo observador de la rutina que muchas veces invalida los
sentidos, impermeabiliza a las personas y las convierte en pasajeros.
Una mujer que llora en voz  baja justo en frente mío; con un pañuelo
se seca las lágrimas pero parece no ser suficiente. Nadie la ve, en
realidad todos la miran pero nadie la ve, es un pasajero mas, un
número más de la lista de pasajeros llorando.


2.


 En el subte podés pasar mucho tiempo mirando los libros que la gente
lee, dibujo en mi cabeza su personalidad, su vida y hasta sus miedos a
través de los libros que tienen en sus manos. Sin duda me hubiese
acercado a charlar con el chico que se balanceaba cual equilibrista,
mientras sostenía en sus manos un ejemplar de Mezcalito, de Hunter S.
Thompson, traducido por Forn -tengo el mismo, la misma edición-  Una
mujer sentada casi enfrente mío lee uno de Isabel Allende, la autora
más leída en medios de transporte, es incalculable la cantidad de
veces que vi alguno de sus libros en las manos de algún pasajero;
literatura de bondi, como le digo yo.


Cuando los rieles de metal quedan vacíos de ambos lados, los que
esperamos podemos vernos las caras, amigos desconocidos, viajeros
esperando distintos trenes que nos lleven a lugares diferentes. Ambos
esperamos sentados, habitantes ocasionales de un lugar que es de todos
y de nadie, se calcula que pasan más de un millón y  medio de cuerpos
diariamente por los molinetes. El subte está lleno de colores: arte
por doquier, el grafiti está por todos lados y sobre todo en los
vagones de algunas formaciones representando a la perfección el grito
de la juventud en forma de aerosoles de colores: El futuro es hoy,
alerta un grafitti en la terminal que combina con la línea A. Acá me
bajo


3.


 Por la esquina del viejo barrio lo vi pasar con el tumba'o que tienen
los guapos al caminar. Al ritmo del tambor de Carlos, Pedro Navaja
vuelve a la vida en la línea A del subte porteño. Carlos es colombiano
 y vive en la Argentina hace más de 10 años. Las manos siempre en el
bolsillo dentro del gabán, pa que no sepa en cual de ellas lleva el
puñal. "perdí el trabajo en la fábrica hace 2 años, hice de todo y
ahora toco el tambor. ¿Alcanzar? no, no alcanza, pero algo es algo”,
dice con un tono que reconoce de Barranquilla y una piel cacao acá
bajo tierra. Me despido de Carlos, él se baja y yo sigo, la línea A es
en sí misma un viaje a través de la historia argentina, desde las
primeras estaciones que datan del 1914 (cuando se inauguró la Línea)
hasta la estación Tronador, estación terminal y meca del diseño
modernista. Antagonismo en estado puro, de una punta a la otra, en un
mismo recorrido bajo tierra convive el diseño de vanguardia adornado
con grafitis en colores fluorescentes, con la estética de otros
tiempos y sus murales de mosaicos multicolor. La vida te da sorpresas,
sorpresas te da la vida.


Todo pasajero del subte, toda persona que se toma a diario la misma
línea para llegar a algún lugar sueña en secreto con una catástrofe
bajo tierra, un imprevisto, algo que fuera de la rutina que haga al
menos uno de sus mil viajes distinto, recordable, algo para contar
cuando llega al trabajo. La monotonía bajo tierra es absoluta. Después
de un buen rato viajando compruebo que las reglas se cumplen a la
perfección, el ritual que los trabajadores repiten a diario, la
normalidad y la resignación con la que  sacan un boleto,  sortean los
molinetes metálicos  y se suben al vagón segundos antes de que la
puerta se cierre sobre sus espaldas, es realmente llamativa. Procesos
y movimientos mecanizados guían a la manada de trajes y corbatas hacia
sus destinos comprados, algunos miran el vacio, otros leen, algunos
escuchan música, pocos hablan. Aun así, el subte es un lugar lleno de
colores, de sonidos y de olores, se trata solo de saber mirar, de
tomarse el atrevimiento de no hablar del clima, del frio que está
haciendo afuera, y dejarse llevar por los distintos tonos de verde que
refleja  una luz sobre las vías de hierro del túnel, por ejemplo, o de
ser testigos de la belleza sublime, que de repente en una estación
casi vacía, se nos presenta en forma de naranja, una esfera perfecta
que rueda despacio hacia las vías y cae, plaf, como si ese siempre
hubiera sido su destino de naranja, plaf y desaparece entre los rieles
metal.


Por fin salgo a la superficie, sigue igual de nublado este martes de
junio,  la claridad del día, la luz natural me molesta a los ojos pero
aun así me saca una sonrisa. El viento me despeina apenas un poco y
cruzo la Plaza del pueblo con una idea en mente. Cuando imaginé la
vida bajo tierra, el día a día de los habitantes ocasionales del
subterráneo porteño no tuve en cuenta una cosa, o quizás le resté
importancia. El reinado del dios Cronos no se limita exclusivamente a
la superficie, sino que también tiene jurisdicción sobre los
habitantes de ella. El reloj, los minutos, y las agujas siguen
corriendo tanto en la superficie como bajo tierra y la gente sigue
corriendo tras ellos, el poder del dios Kairos es muy limitado; solo
unos pocos flaneurs, algunos outsiders y algún que otro borracho,
devotos del gran señor del tiempo indicado, del tiempo del alma,
logran transgredir ese orden impuesto desde hace tanto tiempo. Hoy
este cronista agradece poder ser uno más de ellos.








miércoles, 27 de junio de 2012

LUZ VERDE AL DEBATE

Por María José Castro

Día soleado, la ciudad comienza a teñirse de otoño, tiene que apurarse para llegar a tiempo a la estación. El tren sale en diez minutos, Matías lo sabe, igual su paso no se acelera; está seguro que llegará a tomarlo.
La formación que conecta José León Suárez–Retiro arribó, lentamente. Se subió al furgón como todas las mañanas. Se sienta, mira a su alrededor, su rostro demuestra preocupación. Poca gente a la vista. Saca de su bolso una tijera junto con una bolsa transparente, los cogollos entraron en escena. Con mucha delicadeza, corta y corta. La palma de su mano se transformó en color verde. Colocó el lillo en su otra mano y desparramó el contenido; pulgar e índice comenzaron a girar. Terminó el armado del porro, mecha y primera pitada.
Su cara refleja alegría y la sonrisa es la protagonista. Contempla el paisaje por donde va el tren. Me pregunto si buscara formas extrañas en aquellos lugares que a diario recorre; el viento acaricia su cara. 
Dos jóvenes corren del furgón al vagón, se inquieta, mira a su alrededor, sospecha que la Policía está en el tren. Arroja el cigarrillo, lo pisa y guarda lo que queda en su bolso. El vagón siguiente estaba repleto, un grupo de jóvenes se acerca al policía y le dicen: “En el furgón hay un chico fumando un cigarrillo, emana mucho olor a marihuana”. El personal a cargo de la seguridad, se acerca y lo detiene.
Situaciones como las de Matías inundan la ciudad, el porro, la policía y la lucha contra los estereotipos –aquel que fuma marihuana es delincuente-  son algunos de los protagonistas que siguen flotando alrededor de la Ley 23.737 [1] que establece el Régimen Penal de Estupefacientes y penaliza la tenencia de drogas, aun cuando por su escasa cantidad queda establecido que es para consumo personal.
Un avance en el pedido que hace varios años llevan adelante las agrupaciones cannábicas de nuestro país, se sucedió el martes 15 de mayo, cuando los diputados de la nación, Victoria Donda, Diana Conti y Ricargo Gil lavedra representantes de las tres principales fuerzas políticas de la Cámara de Diputados –Frente Amplio Progresista, Frente para la Victoria y la Unión Cívica Radical- confeccionaron un borrador del proyecto de ley para despenalizar la tenencia de drogas para uso personal.
La elaboración de este proyecto de reforma de la Ley 23.737, permite todos los actos derivados del consumo, tanto la tenencia de drogas como el cultivo de marihuana y las semillas. Aunque, la producción, almacenamiento, transporte y distribución de sustancias ilegales seguiría penada cuando la finalidad sea el comercio.
“Y cambia el paradigma sobre la tenencia simple (o sin finalidad): si tenés es porque consumís y es el fiscal el que tiene que probar el delito de comercialización”, comentaba Victoria Donda, diputada por el Frente Amplio Progresista, al salir de la reunión entre sus colegas. Por su parte, la diputada Diana Conti, adelantaba que el 31 de mayo comenzaría a trabajarse el borrador en un plenario de comisiones.

Día histórico en el Congreso de la Nación

El reloj marcaba las diez y media de la mañana, la sala del segundo piso Anexo del Congreso, estaba repleta, mucha expectativa se sentía en el primer plenario de las comisiones de Prevención, Adicciones y el combate al Narcotráfico y de Legislación Penal en vistas a modificar la Ley actual de Drogas.
El Juez de la Corte Suprema Raúl Zaffaroni, comenzó la exposición, con una respuesta a la diputada Patricia Bullrich quien preguntó si era necesario despenalizar la tenencia para uso personal, ya que la Corte se había expedido al respecto. Vale recordar el caso de Sebastián Arriola, un joven al que se le encontraron bajas dosis de marihuana durante un allanamiento que se realizó a mediados del 2005 en Rosario. Años después, la actual conformación de la Corte Suprema de Justicia dictó la inconstitucionalidad del Artículo 14  de la Ley 23.737 [2] y avaló, por voto unánime, la tenencia de bajas cantidades de marihuana para consumo personal. “La ley sigue vigente y la corporación policial continua deteniendo consumidores”, respondió Raúl Zaffaroni, en medio de una extensa explicación respecto de la criminalización de los usuarios de drogas.
Este día histórico, que sin duda iba a ser un quiebre en el debate acerca de la despenalización de las drogas, el juez de la Corte Suprema, aclaró que el consumo es un problema de salud y que tiene su propia naturaleza. Si se lo saca de ahí y se lo lleva a una naturaleza que le es artificial, como la esfera penal, no se resuelve el problema. El final de la exposición de Zaffaroni, fue traer a colación “sentencias aberrantes”, como la de un consumidor a quien la policía le encontró “restos de marihuana en el bolsillo” y fue arrestado “por hacer peligrar la seguridad nacional”. En ese sentido, el Magistrado consideró que “no es proselitismo el consumo en la vía pública, algunos pueden fumar marihuana en su terraza, otros se tienen que arriesgar en la calle”.
Quien seguía en la lista de oradores era la persona que coordinó la Comisión de Políticas Públicas en Drogas, que asesoró al Gobierno Nacional durante cinco años, fiscal, especialista y profesora adjunta de la UBA, Mónica Cuñarro. Todas las miradas se posaron sobre ella, quien se mostró a favor de debatir en Diputados el proyecto de consenso entre Conti, Gil Lavedra y Donda, y explicó que no es lo mismo el uso, el abuso y la dependencia a las sustancias, también, citó un gran estudio que se hizo, en 51 mil hogares: “Más del 50 por ciento de abuso y adicción tenía que ver con el alcohol”. Luego sigue el tabaco, los psicofármacos, la marihuana, la cocaína y por último el paco.
El cierre estuvo a cargo del encargado del tema sobre adicciones en el Ministerio de Salud, Alberto Calabrese. Su discurso fue el corolario de una jornada abierta al debate. La sala quedó perpleja frente a un cierre que sin dudas fue lapidario: “Nosotros, los seres humanos, desde hace 70 años libramos esta guerra contra las sustancias. El adicto, recuerden, puede estar sentado acá, puede ser un familiar, un primo o un hijo, no es un enemigo, es una persona que se descoloca en un punto porque es lo que se resignificó antes; esto es lo importante. El día que le pusimos el dedo a esta incriminación previa, condenamos a inclusiones y exclusiones de todo tipo y en todo momento. Esta historia empieza con un modelo ético-jurídico, lo sigue un modelo positivista médico, que deviene en el punto de vista médico hegemónico. Esta asociación nefasta hasta el día de hoy nos controla la vida”.

Sigue el debate

El segundo plenario en diputados estuvo centrado en los aportes de activistas y especialistas, ONG, algunos funcionarios y ex funcionarios. La lista de oradores era extensa, pero a último momento, decidieron darle prioridad a quienes vinieron de algunas provincias del interior del país.
El primero en hablar fue Roberto Moro, Subsecretario de Salud Mental de La Pampa, en pocas palabras trazó las dificultades de implementar una política pública para conseguir más espacios de salud en los casos de consumo problemático bajo una ley que “tiene una mirada demasiado judicial” sobre el usuario. Resaltó que en el imaginario social se considera al que consume un delincuente. La idea se sumergió en varios discursos que conmovieron a los presentes, como el de una usuaria medicinal de cannabis y cultivadora y dos madres contra el paco.
Siguió el turno del director de la revista de la cultura cannábica –THC-, Sebastián Basalo, que enfatizó en la urgencia: “Mientras hablamos acá, hay un flaco de 24 años preso en Campana desde fines de marzo por 10 gramos y una planta”.  Muchos cultivadores y consumidores, eran escuchados a través de Sebastián quien no dudó en afirmar que el autocultivo, debe incluirse en la reforma porque de otra manera el “Estado le dice al usuario de marihuana: ‘Yo quiero que financies el narcotráfico’”.
En medio de un largo y caluroso debate, entró en acción el doctor Guillermo Serpa Guiñazú, quien fue invitado por el diputado nacional del Peronismo Federal, Eduardo Amadeo. Guiñazu no dudo en afirmar que: “Sobre los usuarios, podemos decir que el tratamiento que ofrece la ley actual es optativo”. “Mentira. Si no lo hacés vas preso”, le recordó sin titubear la diputada del Frente para la Victoria, Diana Conti. Algo nervioso y acalorado, Amadeo pidió que no se interrumpa a su invitado. El doctor, siguió con su exposición, aunque las miradas con recelo se notaban a simple vista, insistió en que la Argentina, de avanzar en algunos puntos propuestos en el proyecto de consenso elaborado por Conti, Gil Lavedra, Donda, habría que “denunciar” la Convención de Estupefacientes de 1988 firmada en Viena. Aunque, en el primer plenario, el juez de la Corte Suprema Raúl Zaffaroni, en respuesta a la dipitada Patricia Bullrich, había explicado que eso no era necesario.

El consenso: no criminalizar a los usuarios

En el anexo del Congreso, en un salón que era más pequeño que el del día anterior, comenzaba el tercer, pocos diputados de las comisiones de Prevención de las Adicciones y Control del Narcotráfico y de Legislación Penal, dijeron presentes, la ronda de consultas incluyó nuevamente a diversos sectores.
No faltó la voz de disertantes ligados con las comunidades terapéuticas o con la Iglesia, quienes trataron de minimizar el impacto de la reforma penal y su urgencia, mostrándola como una iniciativa que distrae a la sociedad mientras la falta de inversión en salud pública e inclusión social, sigue existiendo.
Un silencio invadió el recinto cuando Alicia Romero, perteneciente a Madres Contra el Paco y por la Vida, tomó la palabra y enfatizó fuertemente: “¡Basta de hipocresía! ¿Seguimos penalizando o damos asistencia? Esa es la decisión que hay que tomar”, en torno a este planteo siguió el último plenario en diputados. Por su parte, Fabián Chiosso, titular de la Federación de ONG especializadas en tratamiento, defendió “el primer contacto” de los usuarios con la policía, si sirve para ofrecer tratamientos. “No es cierto que los adictos no se acerquen al sistema de salud por la criminalización; la accesibilidad tiene que ver con el diseño de los tratamientos y el modo de direccionar las políticas públicas”, aseguró, luego de afirmar que la incidencia de los tratamientos judicializados es ínfima en las ONGs, aunque concluyó que: “De todas formas, estamos de acuerdo en no criminalizar”. Le siguieron, la representante de la Fundación Convivir, María de las Mercedes Aranguren, quien coincidió en darle más financiamiento a los tratamientos.
Luego de varias horas de arduo e interesante debate, llegó el momento Ricardo Paveto, de la Asociación de Reducción de Daños de la Argentina (Arda), quien advirtió, lo que luego sería título de varios matutinos: en referencia a la normativa actual, “hay drogas que hacen mal, pero hay leyes que hacen peor”. Varias miradas, se unieron, muchos quedaron realmente perplejos al escuchar esa afirmación, pero aún no había terminado, Paveto, luego afirmó que el usuario heredó el estigma del loco: “Es peligroso, es incapaz y debe ser encerrado”. También concluyó, que la óptica de reducción de daños no establece un modelo universal para todos. “Es aceptar al sujeto y su singularidad clínica, no atendemos enfermedades, sino pacientes. ¿O el único diálogo posible con la población afectada es la detención policial?”.
La voz de la Iglesia tuvo lugar en esta tarde en la Cámara de Diputados, dos curas se hicieron presentes, comenzó, Gustavo Carrara quien focalizó su exposición respecto al paco: “El paco puso de manifiesto la exclusión en la que viven muchos pibes, como pasó con el Chagas. Vengo del velatorio de un consumidor. No murió por el paco sino por la exclusión”. Lo siguió su colega Carlos Olivera quien no titubeó en pedirles a todos los presentes que el debate no se cerrara con esta reforma y requirió ampliarlo para conseguir más y mejores tratamientos para los usuarios.
Los plenarios llegaron a su fin, las voces de todos los sectores fueron escuchados en la Cámara de Diputados de la Nación, resta esperar que puertas adentro de cada despacho analicen lo debatido en estas jornadas, en busca de un consenso. Si esto se logra, antes del receso invernal se trataría el proyecto de ley en el recinto.
En estos días en el que el debate llegó para quedarse, deja en claro que preparan a las sociedades para llegar a una maduración y poder afrontar algunas problemáticas, en este caso la despenalización de la tenencia de drogas para uso personal. La historia aún sigue sin un cierre definitivo.

María José Castro


[1] Ley N° 23.737 TENENCIA Y TRÁFICO DE ESTUPEFACIENTES, sancionada el 29 de Septiembre de 1989 promulgada en Octubre de ese mismo año.
[2] Artículo 14. Será reprimido con prisión de uno a seis años y multa de ciento doce mil quinientos a dos millones doscientos cincuenta mil australes el que tuviere en su poder estupefacientes. 
La pena será de un mes a dos años de prisión cuando, por su escasa cantidad y demás circunstancias, surgiere inequívocamente que la tenencia es para uso personal.

Pequeñas delicias de la Patagonia Austral

Por Jorge Forno

-Recuerden, no pueden pasar ni frutas ni fiambres ni ningún tipo de alimento fresco.
Por enésima vez Alfredo, el guía de turismo que nos tocó en suerte, lanza la consabida advertencia a las sesenta almas que poblamos el ómnibus de doble piso. Estamos a punto de cruzar la frontera de Monte Aymond, un paso limítrofe entre Argentina y Chile en el extremo sur de la Patagonia Continental.  Apenas hemos recorrido unos 100 kilómetros de los 577 que separan Río Gallegos de Ushuaia, la ciudad hacia la cual nos dirigimos, y el árido paisaje ya se me torna imponente. Desde que salimos y durante la hora y media que duró el trayecto por el sur de Santa Cruz, el guía se ha empeñado en reiterar que existe una larga lista de alimentos vedados de ingresar a Chile. Ahora esgrime un número de ley que me resisto a recordar  y recalca una y otra vez que los controles aduaneros son sumamente rigurosos y que las multas alcanzan unos 200 dólares, se trate de un suculento sándwich o una mísera pera. Habla sobre la legislación internacional de control de plagas y  subraya que todo el pasaje sería demorado por un largo rato si algún osado viajero es encontrado in fraganti con algún alimento o –aunque suene pecaminoso- fruto prohibido.
Mientras en el asiento de adelante una pareja de edad mediana deglute a los apurones sus escuetas reservas de manzanas verdes, yo voy pensando en lo que vendrá después. El cruce del Estrecho de Magallanes, aquél paso que España buscó con frenesí durante el siglo XVI para establecer una nueva ruta comercial a las Indias y que fue finalmente hallado por la accidentada expedición de Hernando de Magallanes en 1520 nos abrirá las puertas a la Isla Grande de Tierra del Fuego. En eso estoy cuando la pasajera de la izquierda devora la última feta de fiambre a escasos cien metros de la Aduana.
Pienso en la aventura de aquellos intrépidos expedicionarios que famélicos y desesperados llegaron al  sur desconocido de América en sus pequeñas embarcaciones. Un verdadero encierro a mar abierto, durante el cual las paupérrimas condiciones de vida y la incertidumbre que crecía día a día motivaron sangrientas sublevaciones internas.
También pienso en conejos, pero no porque la avidez de mis compañeros de viaje me estimule el apetito y los imagine asados o en escabeche (a los conejos, no a mis acompañantes, claro).  En realidad viajo por el afán de conocer la Tierra del Fuego y su ciudad capital Ushuaia. Pero de paso planeo escribir un artículo sobre los tan simpáticos y a la vez dañinos conejos y otras especies exóticas que hicieron estragos en el ecosistema fueguino.

El cruce
De chico me apasionaban los mapas. Planisferios, globos terráqueos y todo tipo de atlas hacían florecer en mi mente formidables travesías por lejanos lugares. La Patagonia Austral era uno de los destinos favoritos de mis viajes imaginarios en los que no figuraban las aduanas, los gendarmes y carabineros y los controles de rayos X.
 La realidad es otra cosa. El paso fronterizo a Chile nos ofrece un menú de escollos que incluye dos controles aduaneros, largas filas de viajeros apurados, escaneo de productos frescos y documentos diversos. Así, mientras una madre y su hija de nueve años entablan una desigual batalla contra las leyes migratorias, exhibiendo ante los funcionarios de turno partidas de nacimiento, autorizaciones paternas y otros papeles de variado tenor, yo paso rápidamente los trámites aduaneros portando sólo una mochila y el equipo de mate.
            Al cabo de un rato, madre e hija resultan victoriosas en su lucha contra la burocracia fronteriza y subimos en grupo al ómnibus. Nos esperan 173 kilómetros de viaje para volver a soportar los múltiples trámites que por entonces nos permitirán reingresar al territorio argentino. Alfredo nos cuenta para verificar que estemos los sesenta pasajeros y sin más recita un larguísimo listado de situaciones que pueden llevarnos a esperar horas hasta sortear el próximo obstáculo, el cruce del estrecho, para el que no existe puente, sino un sistema de transbordadores que salen, si todo va bien,  cada 45 minutos. Vientos de más de 90 kilómetros por hora, tormentas de lluvia o nieve y medidas de fuerza sorpresivas del personal de embarque podrían alargar el viaje más de lo previsto. Las galletitas, el agua caliente y la sopa instantánea que llevo en mi equipaje de mano adquieren un valor incalculable.
Recorremos una ruta pavimentada y correctamente señalizada y unos minutos después llegamos al punto de embarque, la Primera Angostura del Estrecho de Magallanes. No encontramos ni nieve, ni viento, ni colas, ni huelguistas manifestando con furia. Sólo un carabinero que gentilmente sube al ómnibus y nos indica que descendamos.
El trasbordador que llevaría a nuestro ómnibus estaba llegando a la costa. Nos distraemos unos minutos sacando todas las fotos posibles mientras la nave amarra y despliega una rampa para el ascenso de pasajeros y vehículos. Los conductores acomodan el ómnibus en un gigantesco playón interno de la embarcación junto con varias decenas de camiones y autos. Los pasajeros  subimos por una escalera y  nos ubicamos en un sector que el transbordador tiene a lo alto en los costados del playón, reservado para los pasajeros.  Nos sentamos en unos bancos laterales de un largo pasillo, enfrentados entre sí y con unos grandes ventanales que dan, de un lado a otro, al estrecho o al interior del Ferry.
La embarcación se pone en marcha, luego de recoger la rampa y soltar amarras.

En movimiento
-Son sólo unos pocos minutos, si se marean no miren por las ventanillas, solo hacia el piso- nos dice un oficial que recorre el sector, mientras recomienda no levantarse todavía de los poco confortables asientos. Entre mirar los vehículos o las aguas embravecidas yo elijo lo segundo y me siento frente al ventanal que da al estrecho. Dos chicas parecen no resistir el movimiento ondulatorio del transbordador.
- Gladys está descompuesta- dice una joven refiriéndose a su acompañante, pero, a juzgar por su rostro, también parece estar hablando de ella misma. Otro oficial, que parece ser experto en todo la ayuda a ir hacia una cabina interior, mientras le aconseja que mire sólo al piso.
- Difícil desplazarse así, entre el movimiento y la mirada fija hacia abajo- comenta Gladys mientras se acerca con su amiga a la cabina salvadora que ahora parece oficiar de enfermería. Hacia allí también se dirige un turista alemán en un estado decididamente peor que el de Gladys, y detrás de él un hombre de aspecto nórdico acentuado por la lividez que le provoca el bamboleo de la embarcación.
Ya alejados de la costa nos autorizan a levantarnos y decido acercarme a la cubierta. Al fin y al cabo quería disfrutar el encuentro cercano con aquellas míticas aguas del estrecho.
- Esto no es nada, les tocó un día de poco viento, no más de 50 kilómetros por hora y sin tormenta- me comenta espontáneamente un oficial que cumple su rutina parado en la cubierta delantera del Ferry. Pienso que no será nada para él, acostumbrado al cruce, pero si para muchos desprevenidos turistas citadinos, y más aun, cuando acaban de comer desmesuradamente preparándose para un forzado ayuno de varias horas. E imagino el efecto de esas aguas sobre las frágiles naves de la expedición de Magallanes y su diezmada tripulación.
-¿Es la primera vez que viene por aquí? Me pregunta el oficial mientras de reojo leo su apellido, Pavlic, en un pin prendido a su uniforme.
Le respondo con un si tenue entre los labios. Me sorprende su disposición a conversar y antes que siga hablando le cuento que el mío es un viaje de placer y –secundariamente, claro- de trabajo.
-Estoy investigando sobre los conejos y otros predadores que los humanos introdujimos en la isla- le comento. Su rostro cambia como si le hablara de algo muy cercano.
-Yo nací en la isla, en El Porvenir, una ciudad linda y pequeña. Mis abuelos eran croatas y vinieron durante la fiebre del oro de principios de siglo veinte. Dicen en el pueblo que lo del oro fue puro chasco y en los años treinta no había mucho para hacer. El cuento es que ahí se vinieron unos italianos y trajeron sus costumbres, hacer quinta, criar animales, y se vinieron con una pareja de conejos-. Yo había leído algo de la historia de los conejos, pero quería escuchar su versión, así que mostré un medido interés e hice un gesto que lo invitaba a seguir contando.
- Los conejos son famosos por su capacidad reproductiva, así que deben haber hecho honor a su fama. A los italianos no les debe haber faltado carne de conejo- le comenté buscando una ligera complicidad mientras no sacaba a vista del paisaje único que dibujaba el reflejo del sol sobre las aguas, y olvidándome del movimiento de la embarcación que por momentos se hacía más brusco.
-¿Que si lo hicieron? En pocos años arruinaron los terrenos comiéndose los pastos. Nacieron por millones y no había alimento para las ovejas y el ganado, se devoraron todo.
Por un momento asocio la historia de los conejos con la de mis compañeros de viaje, por su capacidad de arrasar con los alimentos, aunque en diferentes circunstancias. Mientras el vuelo calmo de las aves me indica que el viento es menos intenso en esta parte  del trayecto, le pregunto a Pavlic si sigue viviendo en la isla.
–No, oficialmente. Ahora vivo en Punta Arenas, allí esta mi familia. Pero tenemos 15 días de trabajo continuo en el puesto de la Primera Angostura y quince de franco. El invierno se pone bravo, pero no para los conejos.-  Parece que tiene ganas de seguir contando y le pregunto como siguió la historia de la fauna local.
- Acá dieron permisos de caza, pero ustedes, los argentinos la embarraron más, porque de su lado trajeron zorros grises para que se coman los conejos. Y los zorros se comían los conejos, las ovejas, las aves, así que hubo que salir a cazar zorros a más de conejos.
De a poco la costa de la isla se hace más cercana, y la bandera chilena izada en el mástil flamea con levedad, en medio de una brisa suave y anunciando que el amarre del transbordador será placentero. Le pido al oficial que me saque una foto en la cubierta y accede gentilmente. Definitivamente la amabilidad de Pavlic no condice con la imagen previa que yo tenía de él y sus colegas.
Desde la cubierta veo a Gladys, a su amiga  y al turista alemán recuperados y conversando en un idioma que intenta ser el inglés, pero que en ningún momento lo logra. Igual se entienden, ellos y otras cuatro o cinco personas que también habían sido afectadas por los sacudones y ahora parecen disfrutar de la aventura que, a su manera, vivieron en medio del famoso estrecho.
Descendemos caminando por una rampa que a la vista de un viajero sin experiencia parece enclenque. El personal del amarradero jura que es segura y luego de unos cien metros pisamos la isla. Ahora les toca el turno a los vehículos, los más livianos primero. Los más grandes parecen tocar con el piso de la rampa que por lo irregular del suelo dibuja un ángulo muy pronunciado. Nuestro ómnibus golpea el piso y se le desprende su paragolpes trasero.  Un oficial, dos camioneros y los conductores se encargan de calzarlo y sostenerlo con una cinta engomada. Ya está listo para seguir viaje.
El frío se hace notar, y  eso que es 10 de enero. Casi todos corren a tomarse una foto con un cartel que brota en medio de la nada y nos da la bienvenida a la Comuna Primavera, en la Isla Grande de Tierra del Fuego. Yo me quedo mirando los pastizales secos, pensando en las correrías de conejos, zorros grises y en la aventura que será recorrer los 173 kilómetros que según el mojón nos separan de San Sebastián, es decir del paso fronterizo con la Argentina. Buena parte será por una precaria ruta de ripio, en la que guanacos y ovejas se cruzan como lo que son: verdaderos dueños de esta inhóspita geografía. 

A los saltos
 Sin casi nada que comer, el ripio se hace interminable. Sólo nos distrae una costosa camioneta detenida en el camino. Nos acercamos y podemos ver que atropelló a un guanaco. El animal está herido y el vehículo inutilizable. Unos camioneros se detienen a prestar auxilio y la escena se me pierde lentamente mientras el ómnibus se aleja.
 Luego de cinco horas llegamos a San Sebastián. Cinco horas por el pedregullo, circulando a paso de hombre, durante las que algunos compañeros de viaje dormían, otros leían un libro y unos pocos no nos cansábamos de mirar el paisaje. No ví ningún conejo en todo el trayecto y me pregunto que habrá pasado con los millones de invasores que mencionó Pavlic.
En la frontera la fortuna está de nuestra parte: una empleada de la aduana chilena es amiga de Alfredo y pasamos rápidamente entre automóviles que forman dantescas filas. Del lado argentino hay una impecable ruta pavimentada, un edificio del Automóvil Club, baños en cantidad, y un puesto de comidas al paso que tiene desde choripanes hasta agua caliente.
El vendedor me cuenta que hace un grado de temperatura y el viento sopla a 50 kilómetros por hora. Dice que es misionero y vino a la isla para trabajar en la industria de la ciudad de Río Grande.
–Me casé con una chica de San Sebastián y me quedé aquí.
Como si fuera lo más común del mundo, comenta que  su puesto de venta funciona todos los días, en invierno y en verano, con nieve o con sol y me dispensa un termo de agua increíblemente caliente, dado el contexto.
Le pregunto por los conejos y me explica que hay muy pocos, que luego de intentar mil formas de combatirlos las autoridades chilenas los controlaron con “el virus” y que en Argentina no “porque le dijeron el uso de esos métodos está prohibido”. Así dicho, “el virus” suena a arma biológica digna de una película de terror. El vendedor no sabe bien qué virus es ni cómo actúa, pero me da otra punta para mi trabajo. El asunto es que también “el virus” controló la propagación de los conejos también en Argentina. A diferencia de los humanos, con nuestras aduanas y nuestros formularios, los virus cruzan rápidamente las fronteras, pienso mientras pago el agua caliente y unos sándwiches de jamón y queso al vendedor.
Un cartel indica el kilómetro 2766 de la Ruta 3. Mientras me tomo una foto desafiando las ráfagas indomables da vueltas por mi mente en el último dato que me dio el locuaz oficial del transbordador.
-Si va a Ushuaia y al Parque Nacional disfrute del lugar, que está muy bueno. Y pregunte por los castores, esos son los predadores más jodidos.
Alfredo nos apura para subir al ómnibus, con un argumento contundente. Falta todavía más de la mitad del recorrido previsto y, aunque aquí oscurece muy tarde en verano, no es conveniente retrasarnos. Subimos provistos de algunos alimentos simples que, dadas las circunstancias, nos parecen deliciosos manjares. Me acomodo en mi asiento, miro el inigualable paisaje y pienso, contra lo que dice un viejo refrán, que es posible mezclar el trabajo y el placer.


Algo más acerca de esta crónica…
Este viaje me dio pie para escribir la siguiente nota: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/futuro/13-2326-2010-04-05.html

lunes, 25 de junio de 2012

¡Bienvenidos al blog del Seminario y Taller de Escritura UNQ!
Somos miembros del STE de la carrera Licenciatura en Comunicación Social, y compartimos este espacio durante el 1er cuatrimestre del 2012. Los invitamos a leer nuestras producciones!
La primera: nuestras crónicas... ¡aquí vienen!