miércoles, 27 de junio de 2012

Pequeñas delicias de la Patagonia Austral

Por Jorge Forno

-Recuerden, no pueden pasar ni frutas ni fiambres ni ningún tipo de alimento fresco.
Por enésima vez Alfredo, el guía de turismo que nos tocó en suerte, lanza la consabida advertencia a las sesenta almas que poblamos el ómnibus de doble piso. Estamos a punto de cruzar la frontera de Monte Aymond, un paso limítrofe entre Argentina y Chile en el extremo sur de la Patagonia Continental.  Apenas hemos recorrido unos 100 kilómetros de los 577 que separan Río Gallegos de Ushuaia, la ciudad hacia la cual nos dirigimos, y el árido paisaje ya se me torna imponente. Desde que salimos y durante la hora y media que duró el trayecto por el sur de Santa Cruz, el guía se ha empeñado en reiterar que existe una larga lista de alimentos vedados de ingresar a Chile. Ahora esgrime un número de ley que me resisto a recordar  y recalca una y otra vez que los controles aduaneros son sumamente rigurosos y que las multas alcanzan unos 200 dólares, se trate de un suculento sándwich o una mísera pera. Habla sobre la legislación internacional de control de plagas y  subraya que todo el pasaje sería demorado por un largo rato si algún osado viajero es encontrado in fraganti con algún alimento o –aunque suene pecaminoso- fruto prohibido.
Mientras en el asiento de adelante una pareja de edad mediana deglute a los apurones sus escuetas reservas de manzanas verdes, yo voy pensando en lo que vendrá después. El cruce del Estrecho de Magallanes, aquél paso que España buscó con frenesí durante el siglo XVI para establecer una nueva ruta comercial a las Indias y que fue finalmente hallado por la accidentada expedición de Hernando de Magallanes en 1520 nos abrirá las puertas a la Isla Grande de Tierra del Fuego. En eso estoy cuando la pasajera de la izquierda devora la última feta de fiambre a escasos cien metros de la Aduana.
Pienso en la aventura de aquellos intrépidos expedicionarios que famélicos y desesperados llegaron al  sur desconocido de América en sus pequeñas embarcaciones. Un verdadero encierro a mar abierto, durante el cual las paupérrimas condiciones de vida y la incertidumbre que crecía día a día motivaron sangrientas sublevaciones internas.
También pienso en conejos, pero no porque la avidez de mis compañeros de viaje me estimule el apetito y los imagine asados o en escabeche (a los conejos, no a mis acompañantes, claro).  En realidad viajo por el afán de conocer la Tierra del Fuego y su ciudad capital Ushuaia. Pero de paso planeo escribir un artículo sobre los tan simpáticos y a la vez dañinos conejos y otras especies exóticas que hicieron estragos en el ecosistema fueguino.

El cruce
De chico me apasionaban los mapas. Planisferios, globos terráqueos y todo tipo de atlas hacían florecer en mi mente formidables travesías por lejanos lugares. La Patagonia Austral era uno de los destinos favoritos de mis viajes imaginarios en los que no figuraban las aduanas, los gendarmes y carabineros y los controles de rayos X.
 La realidad es otra cosa. El paso fronterizo a Chile nos ofrece un menú de escollos que incluye dos controles aduaneros, largas filas de viajeros apurados, escaneo de productos frescos y documentos diversos. Así, mientras una madre y su hija de nueve años entablan una desigual batalla contra las leyes migratorias, exhibiendo ante los funcionarios de turno partidas de nacimiento, autorizaciones paternas y otros papeles de variado tenor, yo paso rápidamente los trámites aduaneros portando sólo una mochila y el equipo de mate.
            Al cabo de un rato, madre e hija resultan victoriosas en su lucha contra la burocracia fronteriza y subimos en grupo al ómnibus. Nos esperan 173 kilómetros de viaje para volver a soportar los múltiples trámites que por entonces nos permitirán reingresar al territorio argentino. Alfredo nos cuenta para verificar que estemos los sesenta pasajeros y sin más recita un larguísimo listado de situaciones que pueden llevarnos a esperar horas hasta sortear el próximo obstáculo, el cruce del estrecho, para el que no existe puente, sino un sistema de transbordadores que salen, si todo va bien,  cada 45 minutos. Vientos de más de 90 kilómetros por hora, tormentas de lluvia o nieve y medidas de fuerza sorpresivas del personal de embarque podrían alargar el viaje más de lo previsto. Las galletitas, el agua caliente y la sopa instantánea que llevo en mi equipaje de mano adquieren un valor incalculable.
Recorremos una ruta pavimentada y correctamente señalizada y unos minutos después llegamos al punto de embarque, la Primera Angostura del Estrecho de Magallanes. No encontramos ni nieve, ni viento, ni colas, ni huelguistas manifestando con furia. Sólo un carabinero que gentilmente sube al ómnibus y nos indica que descendamos.
El trasbordador que llevaría a nuestro ómnibus estaba llegando a la costa. Nos distraemos unos minutos sacando todas las fotos posibles mientras la nave amarra y despliega una rampa para el ascenso de pasajeros y vehículos. Los conductores acomodan el ómnibus en un gigantesco playón interno de la embarcación junto con varias decenas de camiones y autos. Los pasajeros  subimos por una escalera y  nos ubicamos en un sector que el transbordador tiene a lo alto en los costados del playón, reservado para los pasajeros.  Nos sentamos en unos bancos laterales de un largo pasillo, enfrentados entre sí y con unos grandes ventanales que dan, de un lado a otro, al estrecho o al interior del Ferry.
La embarcación se pone en marcha, luego de recoger la rampa y soltar amarras.

En movimiento
-Son sólo unos pocos minutos, si se marean no miren por las ventanillas, solo hacia el piso- nos dice un oficial que recorre el sector, mientras recomienda no levantarse todavía de los poco confortables asientos. Entre mirar los vehículos o las aguas embravecidas yo elijo lo segundo y me siento frente al ventanal que da al estrecho. Dos chicas parecen no resistir el movimiento ondulatorio del transbordador.
- Gladys está descompuesta- dice una joven refiriéndose a su acompañante, pero, a juzgar por su rostro, también parece estar hablando de ella misma. Otro oficial, que parece ser experto en todo la ayuda a ir hacia una cabina interior, mientras le aconseja que mire sólo al piso.
- Difícil desplazarse así, entre el movimiento y la mirada fija hacia abajo- comenta Gladys mientras se acerca con su amiga a la cabina salvadora que ahora parece oficiar de enfermería. Hacia allí también se dirige un turista alemán en un estado decididamente peor que el de Gladys, y detrás de él un hombre de aspecto nórdico acentuado por la lividez que le provoca el bamboleo de la embarcación.
Ya alejados de la costa nos autorizan a levantarnos y decido acercarme a la cubierta. Al fin y al cabo quería disfrutar el encuentro cercano con aquellas míticas aguas del estrecho.
- Esto no es nada, les tocó un día de poco viento, no más de 50 kilómetros por hora y sin tormenta- me comenta espontáneamente un oficial que cumple su rutina parado en la cubierta delantera del Ferry. Pienso que no será nada para él, acostumbrado al cruce, pero si para muchos desprevenidos turistas citadinos, y más aun, cuando acaban de comer desmesuradamente preparándose para un forzado ayuno de varias horas. E imagino el efecto de esas aguas sobre las frágiles naves de la expedición de Magallanes y su diezmada tripulación.
-¿Es la primera vez que viene por aquí? Me pregunta el oficial mientras de reojo leo su apellido, Pavlic, en un pin prendido a su uniforme.
Le respondo con un si tenue entre los labios. Me sorprende su disposición a conversar y antes que siga hablando le cuento que el mío es un viaje de placer y –secundariamente, claro- de trabajo.
-Estoy investigando sobre los conejos y otros predadores que los humanos introdujimos en la isla- le comento. Su rostro cambia como si le hablara de algo muy cercano.
-Yo nací en la isla, en El Porvenir, una ciudad linda y pequeña. Mis abuelos eran croatas y vinieron durante la fiebre del oro de principios de siglo veinte. Dicen en el pueblo que lo del oro fue puro chasco y en los años treinta no había mucho para hacer. El cuento es que ahí se vinieron unos italianos y trajeron sus costumbres, hacer quinta, criar animales, y se vinieron con una pareja de conejos-. Yo había leído algo de la historia de los conejos, pero quería escuchar su versión, así que mostré un medido interés e hice un gesto que lo invitaba a seguir contando.
- Los conejos son famosos por su capacidad reproductiva, así que deben haber hecho honor a su fama. A los italianos no les debe haber faltado carne de conejo- le comenté buscando una ligera complicidad mientras no sacaba a vista del paisaje único que dibujaba el reflejo del sol sobre las aguas, y olvidándome del movimiento de la embarcación que por momentos se hacía más brusco.
-¿Que si lo hicieron? En pocos años arruinaron los terrenos comiéndose los pastos. Nacieron por millones y no había alimento para las ovejas y el ganado, se devoraron todo.
Por un momento asocio la historia de los conejos con la de mis compañeros de viaje, por su capacidad de arrasar con los alimentos, aunque en diferentes circunstancias. Mientras el vuelo calmo de las aves me indica que el viento es menos intenso en esta parte  del trayecto, le pregunto a Pavlic si sigue viviendo en la isla.
–No, oficialmente. Ahora vivo en Punta Arenas, allí esta mi familia. Pero tenemos 15 días de trabajo continuo en el puesto de la Primera Angostura y quince de franco. El invierno se pone bravo, pero no para los conejos.-  Parece que tiene ganas de seguir contando y le pregunto como siguió la historia de la fauna local.
- Acá dieron permisos de caza, pero ustedes, los argentinos la embarraron más, porque de su lado trajeron zorros grises para que se coman los conejos. Y los zorros se comían los conejos, las ovejas, las aves, así que hubo que salir a cazar zorros a más de conejos.
De a poco la costa de la isla se hace más cercana, y la bandera chilena izada en el mástil flamea con levedad, en medio de una brisa suave y anunciando que el amarre del transbordador será placentero. Le pido al oficial que me saque una foto en la cubierta y accede gentilmente. Definitivamente la amabilidad de Pavlic no condice con la imagen previa que yo tenía de él y sus colegas.
Desde la cubierta veo a Gladys, a su amiga  y al turista alemán recuperados y conversando en un idioma que intenta ser el inglés, pero que en ningún momento lo logra. Igual se entienden, ellos y otras cuatro o cinco personas que también habían sido afectadas por los sacudones y ahora parecen disfrutar de la aventura que, a su manera, vivieron en medio del famoso estrecho.
Descendemos caminando por una rampa que a la vista de un viajero sin experiencia parece enclenque. El personal del amarradero jura que es segura y luego de unos cien metros pisamos la isla. Ahora les toca el turno a los vehículos, los más livianos primero. Los más grandes parecen tocar con el piso de la rampa que por lo irregular del suelo dibuja un ángulo muy pronunciado. Nuestro ómnibus golpea el piso y se le desprende su paragolpes trasero.  Un oficial, dos camioneros y los conductores se encargan de calzarlo y sostenerlo con una cinta engomada. Ya está listo para seguir viaje.
El frío se hace notar, y  eso que es 10 de enero. Casi todos corren a tomarse una foto con un cartel que brota en medio de la nada y nos da la bienvenida a la Comuna Primavera, en la Isla Grande de Tierra del Fuego. Yo me quedo mirando los pastizales secos, pensando en las correrías de conejos, zorros grises y en la aventura que será recorrer los 173 kilómetros que según el mojón nos separan de San Sebastián, es decir del paso fronterizo con la Argentina. Buena parte será por una precaria ruta de ripio, en la que guanacos y ovejas se cruzan como lo que son: verdaderos dueños de esta inhóspita geografía. 

A los saltos
 Sin casi nada que comer, el ripio se hace interminable. Sólo nos distrae una costosa camioneta detenida en el camino. Nos acercamos y podemos ver que atropelló a un guanaco. El animal está herido y el vehículo inutilizable. Unos camioneros se detienen a prestar auxilio y la escena se me pierde lentamente mientras el ómnibus se aleja.
 Luego de cinco horas llegamos a San Sebastián. Cinco horas por el pedregullo, circulando a paso de hombre, durante las que algunos compañeros de viaje dormían, otros leían un libro y unos pocos no nos cansábamos de mirar el paisaje. No ví ningún conejo en todo el trayecto y me pregunto que habrá pasado con los millones de invasores que mencionó Pavlic.
En la frontera la fortuna está de nuestra parte: una empleada de la aduana chilena es amiga de Alfredo y pasamos rápidamente entre automóviles que forman dantescas filas. Del lado argentino hay una impecable ruta pavimentada, un edificio del Automóvil Club, baños en cantidad, y un puesto de comidas al paso que tiene desde choripanes hasta agua caliente.
El vendedor me cuenta que hace un grado de temperatura y el viento sopla a 50 kilómetros por hora. Dice que es misionero y vino a la isla para trabajar en la industria de la ciudad de Río Grande.
–Me casé con una chica de San Sebastián y me quedé aquí.
Como si fuera lo más común del mundo, comenta que  su puesto de venta funciona todos los días, en invierno y en verano, con nieve o con sol y me dispensa un termo de agua increíblemente caliente, dado el contexto.
Le pregunto por los conejos y me explica que hay muy pocos, que luego de intentar mil formas de combatirlos las autoridades chilenas los controlaron con “el virus” y que en Argentina no “porque le dijeron el uso de esos métodos está prohibido”. Así dicho, “el virus” suena a arma biológica digna de una película de terror. El vendedor no sabe bien qué virus es ni cómo actúa, pero me da otra punta para mi trabajo. El asunto es que también “el virus” controló la propagación de los conejos también en Argentina. A diferencia de los humanos, con nuestras aduanas y nuestros formularios, los virus cruzan rápidamente las fronteras, pienso mientras pago el agua caliente y unos sándwiches de jamón y queso al vendedor.
Un cartel indica el kilómetro 2766 de la Ruta 3. Mientras me tomo una foto desafiando las ráfagas indomables da vueltas por mi mente en el último dato que me dio el locuaz oficial del transbordador.
-Si va a Ushuaia y al Parque Nacional disfrute del lugar, que está muy bueno. Y pregunte por los castores, esos son los predadores más jodidos.
Alfredo nos apura para subir al ómnibus, con un argumento contundente. Falta todavía más de la mitad del recorrido previsto y, aunque aquí oscurece muy tarde en verano, no es conveniente retrasarnos. Subimos provistos de algunos alimentos simples que, dadas las circunstancias, nos parecen deliciosos manjares. Me acomodo en mi asiento, miro el inigualable paisaje y pienso, contra lo que dice un viejo refrán, que es posible mezclar el trabajo y el placer.


Algo más acerca de esta crónica…
Este viaje me dio pie para escribir la siguiente nota: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/futuro/13-2326-2010-04-05.html

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