jueves, 28 de junio de 2012


Subterránea









“Viajar en el métro es como estar metido en un reloj.
Las estaciones son los minutos,
 comprendes, es ese tiempo de ustedes, de ahora;
 pero yo sé que hay otro”.

(Julio Cortázar, El perseguidor)




1.


 ¿Importa cuántas veces te tomaste el subte? ¿Cuántas veces hiciste el
mismo recorrido entre una estación y otra, le importa a alguien?
Importa.  Lejos del reclamo por el estado, por la frecuencia de los
trenes o por el precio del boleto; lo que estás a punto de presenciar
es un viaje en el tiempo y bajo tierra; y bajar, como siempre, resulta
encantador. La idea de dejar arriba el caos del tránsito, el ruido,
las luces y los peatones apurados para internarse en los laberintos
subterráneos es realmente tentadora. Si bien se trata de un medio de
transporte cosmopolita, elegido por muchas personas que tienen que
atravesar a diario el centro porteño, es además un lugar donde el
tiempo puede derretirse como La persistencia de la memoria de Salvador
Dalí. Las tres primeras líneas de subte fueron de la compañía Anglo
Argentina y según la ordenanza firmada por el municipio correrían
entre Plaza de Mayo y Caballito; Retiro y Plaza Constitución y Plaza
de Mayo y Plaza Italia.


Un eje de puntos para unir la ciudad por agujeros donde hombres y
mujeres sin distinción alguna, son devorados por las bocas de las
distintas estaciones. Son once menos cuarto de la mañana en la
Estación Alem de la línea B del subte porteño; en esa estación en 1927
mientras excabavan encontraron restos de un mamut de la era
cuaternaria. Ahora, varios años después, la jungla es de cemento y los
especímenes son otros; ¿Pero qué ocurrirá dentro algunos milenios?
¿Serán nuestros restos exhibidos en algún museo en la sección de
culturas primitivas? ¿Se horrorizarán de nuestras prácticas bárbaras
las civilizaciones futuras? Imposible saberlo, tampoco es la idea
hacer futurología en estas páginas


Los coches que transportan a los pasajeros tampoco son los mismos,
Primero ingleses, luego nacionales y finalmente japoneses, los coches
que transportan a los pasajeros tampoco son los mismos pero la huella
cuaternaria persiste, de todas las marcas que hay en el vagón,
escritas en un castellano perfecto, atrás de un bolso de una pasajera
lo encuentro, el botón que debe oprimirse en caso de emergencia
levantando previamente un plástico que lo recubre está escrito en
japonés. Algunas huellas son imborrables.


Son casi las once. Una voz de lata de-lata por los altoparlantes que
en la próxima estación se combina con las letras C y D. Dice eso pero
podría anunciar cualquier otra cosa con ese mismo tono neutral, como
que pasar de la C - inaugurada en 1934 - a la D - habilitada
totalmente en 1992 - pasaron  58 años. La voz en el mismo tono podría
pedirle a la pasajera del segundo vagón que escribe frenéticamente en
su libreta que deje de hacerlo, que está alterando la lógica de este
subte en la mañana de un martes cualquiera. Por una decisión más
cromática que utilitaria combino con la línea D, la verde, tanto rojo
me estaba molestando.


"¿Si se vende? Se vende mejor que en los trenes, la venta hoy sale más
o menos, hay días que sale y días que no”, Luis vende en el subte con
su mamá y  sus tres hermanos, vienen de la 31 repartiéndose la caja de
pañuelos descartables que después saldrán a vender por los vagones. Se
desplaza con una destreza admirable entre la gente y acepta las
negativas de los pasajeros sin chistar. "Antes cuando era pibe
parábamos en Retiro, pero no nos alcanzaba para nada", no tiene edad o
no importa, igual nadie parece verlo. Luisito, habitante de los
vagones, recorre el subterráneo, no baja en casi en ninguna estación,
solo se transporta.


Me tomo el próximo tren que aparece y con un salto termino adentro del
último vagón, antes de que las puertas metálicas terminen por cerrarse
del todo. Una pareja discute, empiezan a decirse cosas, elevan el tono
de voz al punto del grito, un hombre se pone de pie para intervenir y
justo ahí una risa cómplice entre ambos devela el misterio: El teatro
se apodera del vagón.  “Empezamos hace un tiempo ya con Jere a laburar
acá abajo,  somos compañeros de teatro, pero nos conocemos hace banda”
señala Gise que pasa la gorra y junto con Jere conforman el grupo
Actores en el subte - se los puede cruzar de 9 a 18 en las líneas B y
D- . “En el subte hay mucha gente haciendo nada, simplemente viajando,
sorprendemos en un lugar que es siempre igual y la gente siempre nos
tira buena onda, se engancha y participan mucho de los sketchs en
general” dice Jere.


Sigo el recorrido, tengo el privilegio de no ir a ninguna parte, de
ser un completo observador de la rutina que muchas veces invalida los
sentidos, impermeabiliza a las personas y las convierte en pasajeros.
Una mujer que llora en voz  baja justo en frente mío; con un pañuelo
se seca las lágrimas pero parece no ser suficiente. Nadie la ve, en
realidad todos la miran pero nadie la ve, es un pasajero mas, un
número más de la lista de pasajeros llorando.


2.


 En el subte podés pasar mucho tiempo mirando los libros que la gente
lee, dibujo en mi cabeza su personalidad, su vida y hasta sus miedos a
través de los libros que tienen en sus manos. Sin duda me hubiese
acercado a charlar con el chico que se balanceaba cual equilibrista,
mientras sostenía en sus manos un ejemplar de Mezcalito, de Hunter S.
Thompson, traducido por Forn -tengo el mismo, la misma edición-  Una
mujer sentada casi enfrente mío lee uno de Isabel Allende, la autora
más leída en medios de transporte, es incalculable la cantidad de
veces que vi alguno de sus libros en las manos de algún pasajero;
literatura de bondi, como le digo yo.


Cuando los rieles de metal quedan vacíos de ambos lados, los que
esperamos podemos vernos las caras, amigos desconocidos, viajeros
esperando distintos trenes que nos lleven a lugares diferentes. Ambos
esperamos sentados, habitantes ocasionales de un lugar que es de todos
y de nadie, se calcula que pasan más de un millón y  medio de cuerpos
diariamente por los molinetes. El subte está lleno de colores: arte
por doquier, el grafiti está por todos lados y sobre todo en los
vagones de algunas formaciones representando a la perfección el grito
de la juventud en forma de aerosoles de colores: El futuro es hoy,
alerta un grafitti en la terminal que combina con la línea A. Acá me
bajo


3.


 Por la esquina del viejo barrio lo vi pasar con el tumba'o que tienen
los guapos al caminar. Al ritmo del tambor de Carlos, Pedro Navaja
vuelve a la vida en la línea A del subte porteño. Carlos es colombiano
 y vive en la Argentina hace más de 10 años. Las manos siempre en el
bolsillo dentro del gabán, pa que no sepa en cual de ellas lleva el
puñal. "perdí el trabajo en la fábrica hace 2 años, hice de todo y
ahora toco el tambor. ¿Alcanzar? no, no alcanza, pero algo es algo”,
dice con un tono que reconoce de Barranquilla y una piel cacao acá
bajo tierra. Me despido de Carlos, él se baja y yo sigo, la línea A es
en sí misma un viaje a través de la historia argentina, desde las
primeras estaciones que datan del 1914 (cuando se inauguró la Línea)
hasta la estación Tronador, estación terminal y meca del diseño
modernista. Antagonismo en estado puro, de una punta a la otra, en un
mismo recorrido bajo tierra convive el diseño de vanguardia adornado
con grafitis en colores fluorescentes, con la estética de otros
tiempos y sus murales de mosaicos multicolor. La vida te da sorpresas,
sorpresas te da la vida.


Todo pasajero del subte, toda persona que se toma a diario la misma
línea para llegar a algún lugar sueña en secreto con una catástrofe
bajo tierra, un imprevisto, algo que fuera de la rutina que haga al
menos uno de sus mil viajes distinto, recordable, algo para contar
cuando llega al trabajo. La monotonía bajo tierra es absoluta. Después
de un buen rato viajando compruebo que las reglas se cumplen a la
perfección, el ritual que los trabajadores repiten a diario, la
normalidad y la resignación con la que  sacan un boleto,  sortean los
molinetes metálicos  y se suben al vagón segundos antes de que la
puerta se cierre sobre sus espaldas, es realmente llamativa. Procesos
y movimientos mecanizados guían a la manada de trajes y corbatas hacia
sus destinos comprados, algunos miran el vacio, otros leen, algunos
escuchan música, pocos hablan. Aun así, el subte es un lugar lleno de
colores, de sonidos y de olores, se trata solo de saber mirar, de
tomarse el atrevimiento de no hablar del clima, del frio que está
haciendo afuera, y dejarse llevar por los distintos tonos de verde que
refleja  una luz sobre las vías de hierro del túnel, por ejemplo, o de
ser testigos de la belleza sublime, que de repente en una estación
casi vacía, se nos presenta en forma de naranja, una esfera perfecta
que rueda despacio hacia las vías y cae, plaf, como si ese siempre
hubiera sido su destino de naranja, plaf y desaparece entre los rieles
metal.


Por fin salgo a la superficie, sigue igual de nublado este martes de
junio,  la claridad del día, la luz natural me molesta a los ojos pero
aun así me saca una sonrisa. El viento me despeina apenas un poco y
cruzo la Plaza del pueblo con una idea en mente. Cuando imaginé la
vida bajo tierra, el día a día de los habitantes ocasionales del
subterráneo porteño no tuve en cuenta una cosa, o quizás le resté
importancia. El reinado del dios Cronos no se limita exclusivamente a
la superficie, sino que también tiene jurisdicción sobre los
habitantes de ella. El reloj, los minutos, y las agujas siguen
corriendo tanto en la superficie como bajo tierra y la gente sigue
corriendo tras ellos, el poder del dios Kairos es muy limitado; solo
unos pocos flaneurs, algunos outsiders y algún que otro borracho,
devotos del gran señor del tiempo indicado, del tiempo del alma,
logran transgredir ese orden impuesto desde hace tanto tiempo. Hoy
este cronista agradece poder ser uno más de ellos.








1 comentario: